martes, 18 de noviembre de 2014

Ser poeta en Cuba (1960-1980)




Ricardo Riverón Rojas
, 12 de noviembre de 2014

Parecía fácil. Ni rima ni medida, ni princesas de fresa ni rosas melancólicas, ni rosadas caracolas ni tórtola mía. La poesía ─sin estar presa─ había salido a la calle, a fundirse con la ola humana que, por primera vez, se sentía con voz y la usaba para estrenar reivindicaciones. El hombre común se adueñó de la tribuna y todos los parlamentos de la jerga popular portaban su magia, sus elocuentes subtextos, su música y color, su ritmo, aunque este se insinuara, no sin estridencia, en el épico tabletear de ráfagas latentes. Se había inaugurado también, al calor de la retórica revolucionaria, una inédita relación antropológica del espíritu con las cosas simples, con el coloquio intrascendente. Los objetos se ponían, por primera vez, al servicio de las personas. Consignas eran leídas como metáforas; encendidas diatribas políticas fluían como destilaciones líricas. Todo en la fausta medida de eso a lo que Heberto Padilla denominó «el justo tiempo humano». La revolución transmutó en poesía todo lo que tocaba. La poesía quiso marcarle latidos a la revolución. Parecía fácil ser poeta… Cruel espejismo. 

El mismo Padilla ─quien hacia el final de la primera de las décadas que reseño protagonizó un absurdo y crudo sparring con las instituciones por la publicación de su libro Fuera del juego─, antes de tal percance escribió: Y, antes del alba, / frente a los grandes hornos; / entre los hombres / sudorosos; oirás la canción / con que se amasa el pan. Rafael Alcides, en La pata de palo dejó esta conmovedora declaración: Y al que le haga falta mi vida / que pase por casa a recogerla. / O mejor me encuentre en el trabajo. // (Pensando en esto / siempre la llevo conmigo). Ya en los setenta, Roberto Fernández Retamar escribió el impecable «Tiempo de las hijas»: Nuestra hija mayor tiene la edad / De la Revolución; / Nuestra hija más pequeña / La edad de la Victoria de Girón. / Hay otras formas de medir el tiempo: / Esa es la que prefiere el corazón. El inmensurable y tempranamente perdido Rolando Escardó publicó Las ráfagas. Otros muchos poetas, actuantes desde el tiempo previo al triunfo revolucionario, a pesar de que aceptaron e hicieron suya la estética de la reivindicación social, aportarían un buen ángulo para, desde sus obras y ciñéndonos al hoy, negar la desmesura con que se empezó a acudir a recursos como el desenfado enunciativo, la transcripción del habla común, la descongelación semántica y temática. Ninguna de aquellas escaramuzas ─hoy lo sabemos─ justificaba la ausencia de poesía en una buena parte de los textos que el entusiasmo democratizador disfrazó con rango estético.

Es cierto que muchas pautas cambiaron, y la primera fue la perspectiva desde la cual entenderíamos en adelante «lo poético»; el sujeto lírico mutó, el léxico se abrió a nuevas connotaciones, incluidas las «malas» palabras. Ya en 1954 Nicanor Parra había escrito un memorable endecasílabo: la muerte es una puta caliente; David Fernández (luego Chericián), en su libro La honda de David ratificó: Solo serás igual al hombre / cuando puta / deje de ser una mala palabra. Fayad Jamís, en el poema «Para colocar a la entrada de “La cueva de los mochuelos” (casa de dormir para hombres solos)», al describir el sórdido ambiente del lugar donde vivió, recrea una esperpéntica ficción de la fauna pedestre que lo poblaba: Y, sentada a una mesa de mármol, siempre desvergonzada, la señora puta muerte. Y más adelante, en ese mismo libro (Abrí la verja de hierro), en el poema «Fuente de la palabra» deja constancia de una catártica ruptura lingüística: y así el pobre diablo de hombre dijo carajo / y esa noche durmió más tranquilo. La mala palabra en la poesía vino a ser el equivalente al desnudo en el cine, también de matices «escandalosos» en los desarrapados sesenta. Pero, como todo, el desborde provocó indeseables inundaciones. Las aguas deberían tomar nuevamente, con los años, su nivel para que al fin entendiéramos que todas las palabras ─ninguna más buena ni mala que las otras─ tienen acceso, sin salvoconducto, al reino de la poesía.

Los poetas en cuyos textos me he apoyado para estas argumentaciones pertenecen todos a un grupo que la crítica, con poco acierto, juntó para denominar «generación de los años cincuenta». Su médula estética ─decían─ la delineaba el tono coloquial. Algunos también la llaman «primera generación de la revolución triunfante». No sé si esta última tipología sea acertada, pues la poesía siempre escapa a las clasificaciones, pero sí resulta cómoda para diferenciar a aquella hornada de la que, en atención a esa lógica, le sucedería en el tiempo, acaso la segunda. Ese nuevo grupo, en los espacios capitalinos se gestó al amparo del protagonismo que ganó la revista El Caimán Barbudo (en sus dos primeras etapas), mientras que en provincias, con una cocción más lenta, nacía otro movimiento a expensas de las pautas pedagógico-promotoras con que comenzaron su bregar los talleres literarios. El techo institucional de los provincianos lo constituía la que entonces se llamó Brigada Hermanos Saíz, pues como se sabe, no fue hasta 1979 que se constituyeron los comités provinciales de la UNEAC, y no en todos los territorios. La fuerza del canon nacional dificultaba que estos movimientos validaran ipso facto sus realizaciones más auténticas. Sus más codiciados galardones ─digamos un premio en los encuentros debates nacionales de talleres literarios─ a la luz de las cotas profesionales, se entendían como pedestres, pese a que de esas lides emergieron nombres que luego debiéramos leer con atención.

Aquel que salió a la palestra alrededor de 1966, fue un grupo pugnaz e iconoclasta; se desmarcó casi con fiereza de otros grupos antecesores o coetáneos, como Orígenes y El Puente, además de que devaluó totalmente, atendiendo a su autoritario aparato conceptual, experiencias como la poesía pura. Y ni hablar de las estrofas tradicionales, o de una tendencia a la que llamaron peyorativamente «tojosismo» porque suscribía la estética de la poesía de la naturaleza, con honda raíz en Cuba desde Heredia, Zenea, Varona, El Cucalambé, Naborí, Feijoo. La poética de aquellos jóvenes principiantes, que apuntaba a cierto panteísmo inefable y distante de esa especie de disparo al pecho que emergía de la pólvora coloquial, resultaba (reían los nuevos Rimbaud) demodé.

A mediados del período que me ocupa, exactamente en 1971, se realizó el I Congreso de Educación y Cultura en respuesta política a los desencuentros que generó el caso Padilla y su saga. Se proclamó como política oficial que la literatura debía cumplir primero que todo, con el sagrado deber de representar a la clase trabajadora, lo cual fue instrumentado, con disciplina partidista, como obligación de acogerse a un realismo chato, con modos de expresión claros y denotativos, sobre todo en sus posibles magnitudes políticas. También quedó establecido que la función educativa debía primar sobre las otras que el arte cumple. El riesgo de parecer pesimista (¡fuera nostalgias y melancolías!) podía entrañar, para la poesía y los poetas, las etiquetas ─que hoy nos parecen tan ridículas─ de «aburguesados» o «diversionistas».
En medio de esas aguas la poesía continuaba su diálogo soterrado con las almas. De una parte, los encendidos y bien escritos cantos de reafirmación que caracterizaron la obra de poetas como Raúl Rivero (Papel de hombre, Poesía sobre la tierra); Víctor Casaus (De una Isla a otra Isla); Guillermo Rodríguez Rivera (El libro rojo), se desplegaban en la plataforma nacional en trabajosa alternancia con la obra de poetas de inquietudes menos ceñidas al «mensaje», como es el caso de Luis Rogelio Nogueras, Lina de Feria, Delfín Prats. Y en la interacción que genera la convivencia, en los primeros veinte años de la revolución la masa poética total contenía también el discurso de aquella primera generación, a la vez que empezaban a ganar presencia pública los creadores de provincias, entre ellos: Roberto Manzano, Alex Pausides y Renael González Batista (de los que injustamente llamaron tojosistas), y también Jesús Cos Cause, Efraín Nadereau, Waldo Leyva, Luis Lorente, Antonio Hernández Pérez, Esbértido Rosendi, Luis Álvarez, Félix Luis Viera y otros, todos tras cumplir su tránsito por los talleres literarios. Apartados de los espacios públicos quedaron los relacionados con el caso Padilla, hasta que nuevas promociones de funcionarios y líderes culturales les devolvieron, gradualmente, los espacios que legítimamente habían ganado. Para José Lezama Lima, Pablo Armando Fernández, César López, Manuel Díaz Martínez y algunos otros, ser poeta en Cuba a partir de 1971, fue equivalente a no serlo, salvo en el fértil silencio de sus cuartos de estudio.

Ser poeta en Cuba, en esos momentos, entrañaba distinción, pero también sospecha. Nunca como entonces se les pidió a los poetas marcar rápidamente y con tinta indeleble, el territorio político donde se movían. La poesía, no obstante, conservaba su capacidad movilizadora y tributaria de prestigio, su hálito sublimador y su arranque humanista, revolucionario en su estructura molecular, no en lo externo de la frase airada y ardiente. Solo que tardaría un poco en imponerse como lenguaje autónomo. La sociedad era otra, distinta de la que le antecedió y ─dolorosamente─ de la que le sucedió. Los bienes espirituales reportaban más réditos que la posesión de objetos. Para muchos de nosotros fueron los días inefables de creer que la poesía gozaba de prioridad como doctrina salvadora, dinamizante, productiva, explosiva. Fue también el tiempo de amarla por encima de los dolores que pudiera provocar.

A quienes nos tocó ser poetas en una provincia, en aquella época, el apego a las instituciones aportó fertilidad, pues era el único camino posible: el taller literario, la red de librerías y bibliotecas, los trabajos de extensión universitaria, los boletines mimeografiados, los escasos espacios que nos entregaran los medios masivos fueron la débil plataforma sobre la cual se pudo proyectar un crecimiento que, décadas después, rendiría su cosecha con la creación de editoriales, revistas y la incorporación al hipertrofiado canon nacional ─presencia labrada en piedra viva─ de un buen número de firmas. 

Ser poeta en Cuba en esos años, como en otras épocas, demandó de cada uno de los navegantes de ese «barco ebrio», más angustias que luz, más pérdidas que frutos. La mayoría nos desempeñábamos en empleos bien lejanos al discurrir de las instituciones, bien fuera la zafra, la construcción, el ejército, una cooperativa o una fábrica. Lo que los medios y los funcionarios magnificaban como verdadera poesía se gestaba en la épica que le era intrínseca a esos sitios iluminados. Ser poeta, entonces, entrañaba, como mismo hoy, convivir con el apotegma de que «la poesía no se vende», aunque en esos años viviéramos de espaldas a la rentabilidad. 

Era el nuestro, entonces, como es hoy, un oficio de locos o de encandilados que buscan, más allá de lo tangible, remuneraciones de mayor profundidad. Así de angustioso y dulce es. Así lo asumimos y… ¿nos salvamos los dos?

Santa Clara, 9 de noviembre de 2014

Copiado de CUBADEBATE

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