Julio de 2015 ( hago constancia del
año, para futuras lecturas si las hubiese. - la memoria me va
fallando, una ya tiene su edad-) Realicé un viaje vacacional a la
tierra del turismo, top manta, pescadito frito, tapas, calor y su
mala follá; una tierra con arraigos Nazaríes, guerras
territoriales, y reconquistas cristianas: “Graná”. No, no voy a
dar ninguna clase de historia, es una mera introducción al
consiguiente relato. Continuo...
Es menester, que después de 6 horas
de viaje , 550 km. de distancia del centro peninsular a la costa
Tropical uno se acerque hasta el mar ¡coño, pues a la la playa! me
dije. Ahora el resabiado lector e instruido en veraneos dirá que,
vistas una, vistas todas; pues no. Es cierto que el agua, es agua...
y con su concentración de sal, su oleaje... pero, y la arena, esa
arena abrasadora que te hace dar saltitos cuando tus pies no
soportan su temperatura... pues bien, sólo conseguí verla, el
ultimo día. Sí, sí. Y no vaya usted a creer, que estaba en su
hábitat natural, extendida, pisoteada, agujereada por las sombrillas
y mojada por su adentramiento pasional en el mar. No, mi querido
lector, la encontré dentro de una botella en miniatura, con una
inscripción que rezaba: “Recuerdo de la playa de Almuñecar”.
Seis días y siete noches, recorriendo la costa granadina y era la
primera vez que encontraba tanta arena junta; 10 ml. de arena blanca
explotada para engaño del turismo. La alfombra costera de Granada,
son piedras. Grandes, medianas, pequeñas, redondas, alargadas, con
filos, grises, rojizas, azuladas... La variedad es infinita, sin
embargo se les llama “china” (Piedra
pequeña y a veces redondeada.
Definición de la RAE). No es que no supiese lo que es una china (
piedra), pero en mi ingenua andadura de viajar, consideraba a las
chinas de las playas, como las asiáticas que propician masajes para
lograrse un jornal, y al turista bienestar - pues bien me hubiese
venido para mis doloridos pies, lumbares, trasero... que buscaron
acomodo durante toda la estancia en la playa sin un resultado
favorable- Y que decir al lector de los famosos castillos de arena
con los que los niños se distraen cuando no están en el agua; son
fuertes, murallas, rompeolas... si pueden, háganse una idea. Serrat
en ese paraíso de piedra, no tiene nada que hacer; niño, deja de
joder con la pelota..., ¡imposible!; los niños están sentados,
comiendo los churros del kiosko de la playa. Sí, sí. Churros, no
hablo de sardinas, ni cerveza, no. Sino de ese manjar dulce, recién
hecho, calentito, que mantiene a todo goloso en silencio, y que a 38º
de temperatura, te hace sudar... Aunque yo soy más de salado, pero
aun teniendo mi punto dulce, por no salir del redil de sombra que me
propiciaba una enorme sombrilla, a riesgo de sufrir una lipotimia y
desplomarme sobre las características chinitas de la playa, dando
lugar a un accidente aparatoso que irrumpiera mis soñadas
vacaciones, prescindí de tal manjar, pero por las moscas que
rondaban la sombrilla de al lado, donde un muchacho, con los mofletes
manchados de azúcar, y con un silencio sepulcral, pude adivinar, que
están de diez. En fin, no todas las playas son iguales, pero dejemos
las chinas y los churros, que hay que conocer la Alhambra y Granada
Capital.
Las
entradas para dicha visita, ya las había sacado hacia meses, me
advirtieron (la magia de Internet), que se formaban colas y sin
previa compra, habría que estar en la puerta antes de las 6:00 de la
mañana (entiendo que haya que sacar partido a las vacaciones, pero a
esas horas me resulta un despilfarro en el aprovechamiento de
tiempo). Al rededor de las 10:30 de la mañana estábamos en Granada,
con una temperatura de 30º y buscando un parking. Había un primer
parking, pegado a la puerta de entrada reservado para autobuses, que
estaba vacío. Un segundo con un cartel de completo, con alrededor 50
coches, y un tercero, donde logramos aparcar. Si hablamos de
distancia hasta la puerta de entrada: unos 2 Km (y según tengo
entendido, tuve suerte). Una vez transcurrida dicha distancia, a pie,
cual fue mi sorpresa: ¡no había colas!, nadie esperando, ¡qué
bien!. Recojo las entradas, y comienza la visita... ( iba acompañada
por la familia ).
-No
voy a dar detalles de tal aventura, pues creo que esa maravilla no se
puede contar, hay que vivirla. Y me faltan las ganas de alargar el
relato, desencadenado una más que probable somnolencia del lector,
con un copia y pega de la whikipedia. Aunque sí dejo como
sugerencia: realizar la visita en primavera u otoño, ya que los 43º
del mes de julio no son apropiados para subir cuestas, escaleras, e
ir cargado con niños y agua. Incluso para aquellos que con 20º
sudan, recomiendo el invierno. Pero eso sí, no hay que dejar de
visitarla. -
Casi
a las tres de la tarde, agotados, salimos de nuestra visita y aun nos
quedaban 2 km. hasta el coche y volver..., pero no se podía acabar
la visita, no. Y aunque la ciudad de Granada, fuera de las murallas
de la Alhambra nos estaba esperando, nos declinamos por realizar la
visita en otra época del año, no obstante había algo que no
podíamos dejar de ver: A mi amigo Luis. Así que cuando llegamos al
coche, con los pies a rastras, desfallecidos por el calor, la sed, y
el hambre le llamé y quedamos en un restaurante a comer. Y allí,
bajo el fresquito del aire acondicionado, por fin, mis labios se
mojaban del rico y frío zumo de cebada, la cerveza. Ah, sí, y
conocí en persona a mi amigo Luis y su mujer Juana. No piensen mal,
que no le resto importancia, era por poner una gota de humor, ya que
el sudor, era a chorros.
Quisiera
poder expresar lo que se siente, cuando una amistad que se ha
fraguado durante años, de manera virtual, rompe la pantalla, el
teclado, las fotografías, y se convierte en tacto, besos, abrazos,
voz, miradas, respiración... El primer impacto es de no me lo creo,
que me pellizquen para despertar de este sueño, y el segundo
impacto, el del silencio. Enmudeces viviendo una realidad tan bonita,
hasta que la cervecita se une en el brindis. Entonces entonas risas.
La comida, copiosa y buenísima se asienta y el calor, ese calor que
doblega al aire acondicionado, nos sacude hasta abortar la intención
de salir a fumar. Luego, unos chupitos, de no me acuerdo que licor,
pero que más da, lo bonito es brindar por esa amistad, ese
encuentro. De ahí, nos abrieron la puerta de su casa... y felices,
moviendo la cola, salieron a saludarnos dos perrillos Leo y
Pichy...Pero no solo fue el disfrute de la compañía de estos
grandes amigos, sino que su simpatía, armonía, afecto... se podía
palpar. Hablamos un poquito de todo, tuvimos presente a nuestro amigo
Pichy. No, al perrillo, no. A nuestro amigo José. Mi querido lector,
si a usted le quisieran como quieren a ese perrillo, no le
importaría, que llevase su nombre (un hincapié para las risillas
malvadas) Y por su puesto, no pudo faltar la poesía. Durante nuestro
encuentro tuve la oportunidad de ver en primera persona las obras
pictóricas de ambos artistas, perdón, artistazos. La biblioteca
privada, con colecciones magníficas. Los barquitos de madera, los
soldaditos de plomo, los relojes de bolsillo... respire el trabajo y
la inspiración de un gran poeta. Juana, mi querida Juana, fue un
bálsamo para los niños, la pequeña se durmió en su regazo, y
mientras, le enseñó un juego al mayor... Me llevé mucho de allí,
para lo que yo dejé a cambio. Me siento en deuda. Y todo tiene su
fin, y debíamos regresar al hotel, con la esperanza de volver a encontrarnos (os queremos amigos)
Y
de nuevo, a la playa de chinas... y a conocer Almuñecar, el Castillo
de San Miguel (más cuestas, más calor), Los Peñones del Santo (más
escaleras), el Acueducto y las Termas, El parque del Majuelo, el
atardecer reflejado sobre las chinas, perdón sobre el mar, las jarras de
cervezas del bar de tapas de al lado del hotel ( era obligada la
mención) La camarera, una mujer simpatiquísima, sabia como nos
gustaban las cervezas, y nos tenía las jarras en el congelador para
cuando llegábamos...y, ¡qué tapas!. Los paseos, el top manta, la
gente, el ambiente... en fin, una tierra maravillosa, de la que me
queda mucho por conocer, aunque le sobre la mala follá.
(Dedicado,
con mucho cariño, a Juana, Luis y Pichy, porque a pesar de la
distancia, sabemos estar unidos)